sábado, 1 de septiembre de 2012

Carmen Rosa Barrere

-Nació en Posadas. Reside en Montecarlo, Misiones, Argentina-

Seres pequeñitos

Con el cambio de casa, mis ojos descubren con una lentitud casi parsimoniosa los encantos que mi reencuentro con la naturaleza me ofrecen. Mi primer enamoramiento fue con el árbol de aguaribay añoso, que desciende casi hasta la puerta de entrada, pobladas sus ramas de hojas pecioladas que me acarician como al descuido si hay sol, o me sueltan diminutas gotitas si ha llovido. Enfrento enseguida, detrás de los arbustos y macetones con flores, el bosque donde termina la propiedad. Ahí brillan con el sol naranjas doradas, pomelos gordezuelos y árboles solemnes que se vestirán de amarillo o de lila para la primavera. Si camino entre ellos en silencio, percibo que me observan con atención. ¿Seré una depredadora, o una amiga? Para que me conozcan froto sus troncos, enderezo alguna rama, o simplemente murmuro mentalmente: “amigos, yo los amo”.
Al llegar el momento infalible de tomar una siesta en estos climas y a través de la reja que limita la propiedad con el vecino, la enredadera que se trepa e invade mi patio haciendo sonar sus campanillas de colores, es visitada por ladronzuelos que a veces alcanzan los cinco centímetros y pesan solamente dos gramos. Para su tamaño, tienen picos y lengüita larga, y resulta sorprendente la agilidad de su incesante batir de alas donde el arco iris luce toda su gama de colores. Vienen solos, o en pequeños grupitos. Trabajan con la misma celeridad con la que vibran sus alas yendo de atrás hacia delante, o a la inversa y estoy muy cierta que las hembras, luego de libar el néctar, raudamente, se dirigen a los diminutos nidos del tamaño de una nuez, que han armado en sitios protegidos trasladando fibras muy livianas, trocitos de musgo y telaraña donada desde un tronco casi seco. Avecillas implumes muy hambrientas, aguardan el milagro de recibir el alimento de las diminutas madres, repitiendo idéntico amor que el de un humano.
Por estos días, a raíz de haber sido aceptada por la magia de este universo que no tiene desperdicio, me han surgido unas preguntas: ¿Existirá un cementerio para colibríes? ¿Viven mucho tiempo? ¿Cómo soporta su ínfimo corazoncito el esfuerzo de ese volar sin pausa?
Debo preparar mis cuadernos para hacer entrevistas a los gnomos de camisetas rojizas que espían desde los troncos donde viven las orquídeas; esperar el calor para que las haditas que bordan guirnaldas de colores durante el estío me reciban, porque ahora, con el frío y mientras atizo los leños de la estufa, la voz que me saluda, crepitando y contoneándose en gráciles espirales, es la de las salamandras.


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Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras que el género humano no escucha.
Victor Hugo

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Analía Pascaner