miércoles, 13 de junio de 2012

José Víctor Martínez Gil

-México-


La noticia detrás de la sonrisa

Todas las mañanas, cuando apenas asomaba la claridad del amanecer, ya estaba en pie aquel quiosco como una casa de colores llena de regalos. Y llena de los periódicos del día. Desde esa temprana hora, una que otra, y uno que otro cliente, pasaban presurosos para comprar el diario y saber qué había ocurrido el día anterior, aunque en realidad puede que ya lo supieran. Pero era el pretexto, la visita obligada para pasar por el quiosco, porque el hombre, que lo atendía desde hacía muchos años, les daba las mejores noticias para comenzar el día: la sonrisa entre pícara y tierna, la broma entre confiada y tímida, el gesto inocente, cariñoso y familiar. Los piropos a cuanta personita quedaba atrapada por sus ojos claros. Y sobre todo la sonrisa, que era la principal razón por la que todo el mundo pasaba por el quiosco, si no para comprar el diario, sí para comprar lo que fuera, con tal de encontrar el verdadero amanecer en el rostro de aquel hombre. Sin embargo, ese paso presuroso de todos, que se iban felices a sus destinos, no les daba “tiempo”. Porque aquél hombre era tan bueno que tampoco quería darles “tiempo”. Tiempo para detenerse un poco más, contemplarle, y conocer y descubrir que en cada una de sus sonrisas, se escondía en realidad, ocurriera lo que ocurriera, se sintiera como se sintiera él, la única buena noticia del día que era segura y que el hombre decidía: la de que todo el mundo se fuera, siempre, y por lo menos, con una sonrisa.


Le dan miedo los maullidos de los gatos

Era de madrugada. Lo primero que vio fueron cuatro rombos grisáceos, y percibió un sonido de fondo como el maullido de un gato. Un maullido extraño y largo.
Sus ojos y conciencia se aclararon.
Se hallaba en el cuarto donde dormía con sus cuatro hermanos. Los rombos grisáceos en la pared eran creados por la luz que se filtraba por la ventana y las cortinas desde la calle.
Parecía que sus hermanos dormían. Él sabía que no, que estaban despiertos, sin moverse, en silencio, fingiendo dormir igual que él.
El maullido continuaba, y no tenía claro de dónde provenía. Seguía mirando aquellos rombos que tomaron la forma de un rostro demoníaco. Un rostro que también lo atemorizaba y parecía mirar hacia el lugar de los aullidos.
Ese lugar era, al fondo, la cocina. Oyó la voz autoritaria de su padre: “Vas a asustar a tus hijos.” Y su razón definió el maullido.
Era el llanto de dolor de su madre, que lloraba por injusticia y desamparo, y a la que nunca antes había oído llorar como esa madrugada. Su madre que estaba mal. Muy desprotegida.
Desde aquella madrugada, le dan miedo y no le gustan los maullidos de los gatos.


Textos del libro La solidez de lo invisible, Colección Los Libros de las Gaviotas, otra dimensión de la Colección Gaviotas de Azogue. Número 4 / Cuentos hiperbreves y breves / Madrid / México D. F. / 2010

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¿Qué le da una persona a otra? Da de sí misma de lo más precioso que tiene, de su propia vida. Ello no significa necesariamente que sacrifica su vida por la otra, sino que da lo que está vivo en él: da de su alegría, de su interés, de su compresión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza, de todas las expresiones y manifestaciones de lo que está vivo en él.
Erich Fromm


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