miércoles, 13 de junio de 2012

Blanca Salcedo

-Formosa, Argentina-

Cine


No puede ser.

Llegar a este centro, con tantas salas, correr de una a otra escondiéndome de los encargados. Sin dinero. Absorbiendo rostros, paisajes… imagen tras imagen. Huir de ese guardia empecinado y encontrar esta salita detrás de los baños. Sola. Poder mirar la película sin que nadie me moleste. Y esto… no puede ser

Todas las imágenes se compactan y no me dejan, avanzan hacia mí. Ahí están mi marido y mi hijo. Y suenan las sirenas. Canto para que no me llegue el sonido del celular. Pero siguen. Ahora corren, disparan… y grito pero el ruido me aprieta contra la butaca… También estoy en el asiento ceñido, apretando a mi hijo lleno de sangre, mirando a mi esposo quebrado contra el asfalto. Y ese personaje que soy, grita y llora, lanza alaridos y se queda quieta, como si estuviera tan muerta como los otros dos, en tanto suenan otros gritos y un montón de extraños van y vienen, observando. Sus miradas tienen la voracidad de los vampiros.

Voy a salir corriendo… voy a salir. Sólo que me duele tanto el pecho, me ahoga un líquido metálico. Y estoy paralizada mientras la mujer de la pantalla abraza a un niño y escupe sangre. Sigo mirando y trato de recordar… no puede ser.

El patético personaje se retuerce sobre su hijo y va cayendo, despacio, en cámara lenta. Se dobla dolorosamente, muere mientras grita o algo así. Entonces recuerdo y me doy cuenta que no hay salas detrás de los baños, que no soy más que yo, repitiéndome, la que está muriendo en alguna parte. Muriéndome… por fin.


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Es cierto que las más violentas pasiones pueden convertirse en sus extremos opuestos en un tiempo increíblemente breve, por los medios más imprevisibles.
Charles Maturin

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