lunes, 26 de marzo de 2012

María Pugliese

-Muñiz, Buenos Aires, Argentina-

……………… III

Los cubro con texturas apelmazadas y si bien no ofrecen resistencia, evocan los ágiles movimientos del verano, irremplazables. Desde su sinrazón obedecen al impulso de llevarme, de traerlos. Nunca preguntan si tiene o no sentido tanto temple por esquivar la piedra, el barro, los charcos, por patear la basura, evitar la caída o los otros. Exploran cada territorio como lenguas en el fuego, siempre diferentes.
Seres maravillosos que se superponen y disgregan sus perfiles, habitan en nosotros. Vienen hacia mí justo ahora en que andan por el mismo lugar en que hubo otros tantos encuentros...desde lejanías se yerguen y trenzan filigranas. Sin embargo avanzan y se acercan: la luz es de nuevo sol en laberintos.
Llegamos y pierden equilibrio.
Los desvisto. Sus dedos no esperaban mis dedos, anhelaban labios en ascendente violación de los arcos tensos.
Por las mañanas solía tomar entre mis manos el derecho de mi hijo en respuesta al leve gruñido desprendido de las sábanas y un beso era el inicio del despertar.
Cómo podía imaginar que esa demanda se posaría esta mañana en mi derecho cansado. Lástima, nada sabe acerca del pequeño hueco que va del anular al mayor, ni de la incitación que puebla la planta sobre la espalda todavía cubierta. No sabe porque tiene la atención puesta en sus mismos movimientos por desvestirlos, alineando zapatos al borde de la silla. No sabe que en la parte inferior del tobillo un talón vigilante podría perder la leve inclinación y vencerse a la espera del agua.
Seres alados habitan en ambos pares, uno al borde de la silla y el otro disgregado, desparraman fantasmas por el suelo.

……… * * *

Es sólo un pequeño paso para el hombre pero un gran salto para la humanidad. La superficie es de polvo fino. Puedo removerlo fácilmente con la punta del pie. Se adhiere en capas finas como carbón en polvo a la suela a los lados de mis botas. Mis pies se hunden solamente una pequeña fracción de pulgada, tal vez un octavo, pero puedo ver las huellas de mis botas y las pisadas en las finas partículas de arena.

Así relata Neil Armstrong su caminata a 385.000 kilómetros de distancia de la Tierra, el 21 de julio de 1969. *

……… * * *

Mientras el agua sorriega los cabellos y la cerviz se somete, ellos allí abajo: su laberinto de venas siempre fueron palanca, siempre como primer instrumento de las huellas.
Nunca volví sobre sendas trazadas, nunca fijé su estampa lejos de los tembladerales.
Desde aquí arriba se ven como clavados, mientras el agua corre y los zapatos esperan...


* Daniel Calmels, El libro de los pies. Editorial Biblos. Colección El cuerpo propio. Buenos Aires. 2001

……………………............…………Del libro Cripta de amor. Inédito, 2004

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No podría decirte qué momento, qué lugar, qué mirada o qué palabra sirvieron de base. Hace ya demasiado tiempo. Lo que sí sé decirte es que para cuando me di cuenta ya estaba metido hasta el cuello.
Jane Austen

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