lunes, 26 de marzo de 2012

Francisco Garzón Céspedes

-Madrid, España-

Un amor de pareja para volver a fundar el mundo

Cuando mis padres llevaban décadas, las circunstancias obligaron a mi madre a residir en la capital, mientras mi padre quedaba en la provincia. Me hallaba yo a la espera de un juicio relacionado con la casa donde vivía, que no debía permanecer solitaria.
Mis padres, sin verse, mientras más tiempo, más desesperados.
Pasados seis meses, mi padre decidió dejar por unos días sus responsabilidades y viajar. Como no tenía la certeza de conseguir pasaje, no avisó. Estuvo tres días en la estación, y fue un viaje de muchas horas, extenso y agotador, lleno de incomodidades que se sumaron a las setentaidós horas para lograr pasaje. Cuando mi padre arribó a la capital, todavía tardó dos horas en llegar hasta donde mi madre y yo.
De madrugada, cuando por fin mi padre, con más de cincuenta años, se detuvo delante del muro que rodeaba la casa, no tocó la campana, sino que saltó y ya en el jardín, aunque se hallaba extenuado, con hambre y sed, tampoco tocó. Se sentó a aguardar.
Horas después, cuando mi madre abrió, lo encontró en un banco, acurrucado, porque hacía frío. Mi padre la miró y al abrazarla le dijo: “No toqué por no asustarte.”


Ella y él y el oso de peluche

Ella aparece al anochecer con un oso. El oso tiene cara de buen animal. Es un oso rosa y gris. Un regalo para él, que se queda perplejo. Un oso de peluche. Un oso para niños muy pequeños, y él es un hombre, casi un adolescente todavía, pero un hombre. Ella es mayor que él unos cuantos años, y está llegando a esa habitación del hotel, una de las dos que ha alquilado en aquella ciudad de provincias. Ella es profesora. No profesora de él. El hotel, donde no hacen preguntas, es mezquino. Y los dueños se aprovechan de lo que intuyen. En las habitaciones que les alquilan ni siquiera hay sábanas, fundas, toallas. La que le ha tocado a él da hacia la calle y, por no tener, tampoco tiene bombillas. Él deposita el oso sobre la mesilla de noche mirando hacia la cama. “Para que aprenda algo.”, dice.


Cuentos tomados de Cuadernos de las Gaviotas Nº 17, mayo 2011. Colección editada por CIINOE Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica / Madrid / México D. F.

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El hombre que no se contenta con poco, no se contenta con nada.
Epicuro

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