lunes, 19 de septiembre de 2011

Maruja Vieira

-Manizales, Colombia-

Más que nunca

Porque amarte es así, tan dulce y hondo
como esta fiel serenidad del agua
que corre por la acequia, derramando
su amorosa ternura sobre el campo.

Te amo en este sitio de campanas y árboles,
en esta brisa, en estos jazmines y estas dalias.
La vida y su belleza me llegan claramente
cuando pienso en tus ojos, bajo este cielo pálido.
Sobre la yerba limpia y húmeda mis pisadas
no se oyen, no interrumpen el canto de los pájaros.
Ya la niebla desciende con luz de la tarde
y en tu ausencia y mi angustia más que nunca te amo.


Promesa

Está mi voz creciendo, buscando bajo tierra
el júbilo del agua, del trigo y la violeta.

Sube por las raíces milagrosas de un sueño
hacia el aire y la nube, desde la oscura greda.

Nacerá como un árbol de ramas florecidas
que ceñirán la frente del espacio en sus dedos.

Y alargará mi sombra por un camino eterno,
más allá de la imagen borrosa de mi cuerpo.


Luz de presencia

Tú venías buscándome desde playas y sierras.
Venías presintiéndome por todos los caminos.
Encontrabas mi voz en los ecos del viento
y tocabas mis manos en el agua del río.

Me hallaste en una tarde de soledad y música.
Dulcemente llegabas con tu amor a mi vida.
Al fondo las montañas heridas por la lluvia
y en medio de los muros la lámpara encendida.

Yo entendí tu presencia porque un fuego de angustia
destructor y quemante se apagó entre mis venas.
Porque el agua invasora de una inmensa amargura
desplegó hacia el olvido sus oscuras mareas.

Te di mi lejanía de bruma y de silencio
–la tienes en tus manos como una flor de sombra–
en cambio tú me has dado tu claridad de fuego
que resucita muros en mis ciudades rotas.


La tarde lenta

Tengo llenas las manos de sol y de perfume.
La tarde me devuelve tu invisible presencia.

Tu mirada me sigue, dibujando mi sombra.

Estás en el paisaje como un árbol de sueño.

Gotas de luz inquieta tiemblan entre las hojas.

Una columna fina de humo gris en el viento
está formando apenas el nombre del recuerdo.


Pequeño nocturno

Tu mirada encendía
llamaradas lejanas en el bosque del viento.

Se borraba tu sombra.
Se alejaba tu acento
–lenta flor en el tallo de mis manos heridas–.

En la tierra, en el cielo,
en la espuma del aire y en el árbol del eco.

Hondamente la mano
de la noche clavaba sus puñales de lluvia.

Te llamaba el silencio.

……………………………De los libros Campanario de lluvia I y II (1947)

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¿Qué mundos tengo dentro del alma que hace tiempo vengo pidiendo medios para volar?
Alfonsina Storni

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