lunes, 19 de septiembre de 2011

Horacio Laitano

-Pergamino, Buenos Aires, Argentina-

El tercer ojo


El tercer ojo calcula la distancia a medida que se alejan las carretas. En la primera de ellas, un sheriff de cuarenta años, empobrecido por su trabajo, grita far west a los cuatro vientos. Primeramente en inglés, luego en español y por último en árabe. Esta vez, algo turbado por las dificultades del idioma, recuerda que, en realidad, nunca fue feliz... En la segunda carreta, atestada de bolsos y valijas, el conductor castiga sin piedad a los caballos, hasta que la sangre que brota de las bestias le anticipa su propio sufrimiento. Después de cuarenta y ocho horas sin novedades, el conductor da muerte a los animales y se arroja desde un puente... En la tercera carreta, que, a su vez, guarda relación con el tercer ojo, una familia procedente de San Francisco, aconseja encerrar a los ancianos cada vez que el invierno se aproxima.
(Marque con una cruz en qué carreta viajaría usted, si tuviera cuarenta años como el sheriff, cuarenta y ocho horas sin novedades y cuatro ancianos a cargo.)


Los invitados

Al llegar los invitados, levantaron las manos y salieron. Nivelaron sus zapatos a la altura de la puerta y corrieron sobre el pasto mal cortado.
Después de la comida, se reunieron en la casa de uno de ellos. “El menor” para los grandes. “El mayor” para los chicos. “El émbolo aceitado” para todos los vecinos.
Por último, (para qué contar los detalles de la espera) un llamado congregó a los escasos concurrentes:
“Pocas pacas lechosas y aclaradas. Las calaras no son maravillosas”.


Un hombre sensible

Al decir que la quería, golpeaba una mano contra otra. Se apretaba los dedos con el borde de la puerta y gemía de dolor pegado al pasto. Era raro encontrarlo mal dispuesto. Sus piernas se agitaban al llegar la primavera o cambiaban de color como su espalda... No podía ocultar que, pese a todo, era un hombre sensible a los afectos.


La receta del señor Miraballes

El señor Miraballes desplazó de un plumazo a la señorita Milli. Sus manos se crisparon ante tanto movimiento que nadie contenía.
-El reuma sólo afecta a los mayores –sentenció el sacerdote que andaba por la casa, abriendo y cerrando puertas y ventanas.
-La pata del pollo no es buena para el caldo –comentó la señorita Milli a su vecina. (Ella también consultaba al sacerdote, cuando empezaba a sentir esos dolores en las piernas.)
El señor Miraballes insistió con su receta: dos gotas de vinagre en la punta de la lengua y alguna infusión al despertarse.
Al oír estas palabras, el sacerdote y la vecina opusieron resistencia.
-El reuma sólo afecta a los mayores –respondieron con firmeza.


La tormenta

-Siempre tuve temor a las tormentas –desgranó el Sr. Aravolazo ante un núcleo apretado de vecinos.

-¿La cala es una flor o es una planta? -preguntó la hermana de la viuda.
A medida que las nubes cubrían el entorno, los niños corrían montados en triciclos. El agua salpicaba pantalones y polleras, hasta tomar el color de las baldosas.
Un rumor silencioso recorría el vecindario. Una especie de reptil amarillento, que entraba y salía de las casas.

..............Del libro Humores familiares. Editorial de los Cuatro Vientos

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Algo más sobre la Srta. Dixi


Quienes conocen a la Srta. Dixi aseguran que no es como nosotros suponemos. La Srta. Dixi es una mujer fogosa y decidida, capaz de triturar entre sus piernas a cuanto hombre se le acerque. Ah, si no fuera por la Srta. Dixi, qué sería de esos señores impecables que buscan un sexo cauto y reservado después de su trabajo.
¿Se puede acaso decir lo mismo de la Srta. Dixi? ¿Necesita ella de esos respetables caballeros, cuyas vidas familiares son un ejemplo de armonía? … Seguramente, no es esto lo que más preocupa a la Srta. Dixi.
-Bah, mujeres como ella hay en todas partes.
-Sí, pero ninguna como la Srta. Dixi.
-Sí, sí, la verdadera Srta. Dixi, no la que nosotros suponemos.


Una charla inconclusa

-Dolorosa recurrencia –manifestó ante el auditorio la Srta. Dilty.
El encuestador sacó su cuaderno del maletín y anotó la frase entre comillas.
La Srta. Dilty prosiguió la charla, tratando de observar al encuestador disimuladamente. Poco después, alguien formuló una pregunta que despertó su interés por un momento. Aprovechando la situación, el encuestador volvió a tomar nota en su cuaderno de tapas negras. La Srta. Dilty lo miró esta vez con insistencia, hasta que uno de los presentes le sugirió que guardara su cuaderno.
-Mi verdadera intención no era ésa –comentó el encuestador en voz alta. Existe la creencia generalizada de que no cumplimos la función que nos corresponde.
-¿Y entonces? –preguntó el otro-. ¿Cuál es la función que cumplen?
-La que mejor se ajuste a las circunstancias –respondió el encuestador, poniéndose de pie.
La Srta. Dilty se preparó para continuar la charla, pero tuvo la impresión de que nadie la escuchaba. Las palabras del encuestador habían concitado la atención del auditorio.


Últimos dos microrrelatos de Los apuntes del Sr. Quq. Ediciones El Cañón Oxidado

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Muchas personas están demasiado educadas para hablar con la boca llena, pero no les preocupa hacerlo con la cabeza hueca.
Orson Welles

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