domingo, 20 de marzo de 2011

Blanca Salcedo

-Formosa, Argentina-

Decisión

Me mira de reojo y se hace el estúpido. La bronca se me sube a la garganta y no sé cómo contener las lágrimas. Aferro la mano de mi hijo con tanta fuerza que me mira asustado. Hay demasiada gente y él habla con suavidad pero a mí me rebota su voz en los oídos como una carcajada infame.
Este hijo de puta con ese tono de terciopelo me envolvió despacito y me dejó con un hijo. Me acariciaba a escondidas, convenciéndome que iba venir conmigo cuando pudiera arreglar su situación... todo para que cerrara la boca y no lo jodiera. Qué tarada. Me creí todas sus mentiras y Elías ya tiene cuatro años. Una infancia sin padre y con toda la familia dándome la espalda. Me volví la vergüenza de mis padres y mis hermanas, haciéndoselas santas, me condenaron sin que se les moviera un músculo, las putas, que andan con el que se les arrima. Pero no son tontas como la hermanita desgraciada, claro, no se embarazan. Mi cuero quedó colgado de los dientes de todo el barrio. Y yo, como una boluda, llorando por los rincones y guardando el secreto. Todo por protegerlo. Y él, que jamás pudo dejar su vida cómoda por mí y menos por su hijo.
Guacho…
Por eso vine hoy, sabiendo que lo iba a sorprender y tendría la satisfacción de ver esa mirada llena de miedo que se le derrama por los ojos semicerrados.
Tengo todo el coraje hecho un nudo en el pecho. Me levanto y avanzo. Me golpea su pánico.
Voy a gritar que es su hijo y yo su mujer.
Interrumpirá la misa para que sepan quién es el cura.


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Entre la majestad y un hombre oscuro, no hay otra diferencia que la pompa visible.
William Shakespeare

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