miércoles, 24 de marzo de 2010

David Lagmanovich

-Tucumán, Argentina-

La inundación


Comenzó a llover y durante días no hubo más que lluvia; llovió sin truenos ni relámpagos, casi sin ruido salvo por el diminuto rumor de algunas hojas, no escuchado por nadie. Los roedores que se habían refugiado en sus cuevas comenzaron a huir despavoridos, resbalando en el lodo que se formaba bajo el agua y obturaba todos los orificios. Algunos pájaros buscaban árboles más altos que los habituales para posarse y, en su marcha hacia el exilio, rozaban con sus alas las caras de los hombres que, con sus mujeres y niños, habían trepado a los techos de sus viviendas. “Vamos a perder todo”, decían las mujeres. El puente sobre el arroyo cercano se hundió con un crujido y, después de formar una gran fosa, el agua avanzó hasta no dejar rastro de lo que allí había existido. Del molino de viento sólo sobresalía, inmóvil, la roseta que les gustaba mirar en los atardeceres, y lo que una vez fue la cinta gris del camino había desaparecido para siempre. Sólo en los techos de los edificios más altos del pueblo quedaban grupos de personas que, tomadas de las manos, rezaban con grandes voces destempladas. Un cadáver pasó flotando, como si fuera un anuncio llegado del Este. A lo lejos, en esa dirección, se alcanzaba a ver una forma grotesca, como una nuez gigante: era un barco sin velas ni arboladuras, que venía avanzando hacia ellos. “Es el Arca”, dijo uno de los hombres más jóvenes, antes de darse cuenta de que él y su mujer eran los únicos seres que quedaban sobre el techo de la iglesia.


En su lugar

-Póngase usted en mi lugar -solicitó la Reina, con gesto implorante. El pedido fue recibido con un gesto que oscilaba entre la duda y la preocupación. Pero sólo fue un instante: de inmediato el Alfil obligó al oponente a retirarla del tablero y se situó, muy orondo, en la casilla contigua a la del Rey.


La Calle de la Melancolía

Todas las tardes, Celina y yo -Eduardo- recorríamos aquella callecita suburbana. Como tantas otras, seguramente tenía un nombre oficial que nadie repetía. Tal vez el de un borroso guerrero de la Independencia, hoy sólo recordado por sus descendientes. O el de un político, ahora maldecido por muchos. Para nosotros era la Calle de la Melancolía. Nos impresionaban las casas cerradas, la ausencia de flores y esa neblina que parecía envolvernos apenas entrábamos en ella. La calle ejercía sobre nosotros una invencible atracción, con una fuerza indefinible. Una tarde, juntando coraje, nos animamos a preguntarle a alguien que pasaba si allí habían vivido Eduardo y Celina. La respuesta no se hizo esperar: “Aquí murieron”, contestó.


Babel

Lo peor no fue la confusión de las lenguas, sino la pérdida de las viviendas que habíamos ido ocupando a medida que construíamos la torre. Cuando todos hablábamos la misma lengua tampoco nos entendíamos demasiado, pero al menos no sufríamos problemas de alojamiento.


…………………………………Textos del libro Las intrusas, microrrelatos (2007)

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La ética, como la libertad, no es nada si no se la pone en acto, si no se la vive cotidianamente desde el centro de nuestro ser.
Abelardo Castillo

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