lunes, 16 de noviembre de 2009

Viviana Walczak

-La Lucila, provincia de Buenos Aires, Argentina-

Copas y candelabros

-¡Cuando ya no esté, querida mía, todas estas riquezas serán para ti! - exclamó Lourdes, enfatizando cada palabra con ampulosidad.
Fátima, su doméstica, recorrió con la mirada ávida, la habitación penumbrosa. Sus ojos deambularon por los candelabros de plata, los marcos barrocos de los cuadros, los pesados cortinados de brocado, los floreros de alabastro y se detuvieron, embelesados, en la vitrina del aparador. Allí, una tenue luz, iluminaba unas bellísimas copas de cristal de Murano. Recordó haberlas deseado, con codicia, cuando estaba por contraer matrimonio con Jacinto a quien había tenido que dejar, por orden de Lourdes. Lo mismo sucedió, después con Pedro. Poco a poco, desaparecieron los pretendientes y, también, sus ilusiones de formar una familia.
-De todas maneras - pensó - valió la pena soportar durante tanto tiempo a esta anciana quejosa, considerando la valiosa herencia que recibiré muy pronto.
En efecto, la mujer era visitada con frecuencia por su médico de cabecera. En las últimas semanas, había tenido náuseas y mareos. Lucía demacrada y le temblaban las piernas. El galeno, que la controlaba desde épocas inmemoriales, había indicado su internación aunque no había logrado convencer a su empecinada paciente sobre el beneficio que le reportaría un seguimiento hospitalario.
Las cavilaciones de la criada se interrumpieron cuando escuchó, desde la sala, la añosa voz de su empleadora que, ansiosa, ordenaba:
-Date prisa Fátima… ¡Es hora del té y necesito tomar mi medicación!
La fámula, con paso lento, se dirigió hacia la cocina, musitando:
-¿Qué se cree la vieja decrépita? ¿Qué soy una jovenzuela? ¡Hace más de treinta años que trabajo en esta casa!
Con manos trémulas, colocó en la bandeja una delicada taza de porcelana junto a la azucarera y a los remedios. Seguidamente agregó, con parsimonia, en el agua de la tetera la habitual pizquita de raticida. Con la preciada carga en sus manos se encaminó hacia el salón pero una repentina y aguda puntada en el centro del pecho la desplomó sobre la mullida alfombra persa.
Por una brevísima fracción de segundo, Fátima logró vislumbrar desde el piso, las espléndidas copas de Murano resplandeciendo en el escaparate.

………………………………………La voz del silencio, 2008 - Creadores Argentinos

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Hay un cierto tipo de desesperación que se manifiesta en la envidia y que merece piedad.
Maurice Magré

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Analía Pascaner