miércoles, 21 de octubre de 2009

Héctor Zabala

-Buenos Aires, Argentina-

Broma en la bruma


..............................................[...] Cual sombra son nuestros días
..............................................sobre la tierra,
..............................................y no hay esperanza.
..............................................1ra. de Crónicas, 29:15

Ambos se habían desplazado por el sendero como quien dispone de todo el tiempo del mundo. Ninguno queriendo sobrepasar al otro. El día era desapacible, pero igual encontraron a un muchachito leyendo en un banco. “Al parecer el único ser vivo del cementerio”, pensó con cierta ironía el más alto de los dos. El joven estudiante estaba leyendo Visitations de I.A.Ireland y a su lado yacía una Antología que Borges reuniera, allá por 1940, en colaboración con Bioy y Silvina. El libro estaba abierto en Final para un cuento fantástico, porque al parecer el jovencito andaba comparando textos.
Al rato los dos se detuvieron en la puerta de una bóveda sin número, que se encontraba entre la 46 y la 50. El más alto extendió ceremonioso la mano izquierda invitando al otro a pasar primero; tal vez por ser más viejo y de apariencia más débil.
Ya no se veía a nadie, ni siquiera al extraño lector porque el banco había quedado lejos y la bruma era cada vez más intensa. La mano blanca permanecía estirada persistiendo en su ruego. El viejo titubeaba, desconfiaba, pero al fin no tuvo otra que aceptar y entró por delante. Avanzaron los pocos metros que el interior de la bóveda les permitía. El más alto, siempre detrás, con las manos ocultas. El viejo se detuvo frente al féretro de mármol, alerta a la otra figura, embozada y esbozada por la bruma y las sombras. La figura alta se mantuvo callada unos pasos detrás.
Quizá por delicadeza, el viejo no se atrevía a girar sobre sus talones, aunque no recordaba haber visto al otro en ninguna parte. No, no era un pariente, estaba muy seguro de que no lo era. Ninguno de la familia solía ser tan seco y desgarbado. Ninguno de los suyos poseía ese porte inquietante, tan lóbrego y siniestro. ¿Quién era, entonces?, ¿qué hacía ahí?, ¿qué buscaba?
Permanecieron en silencio varios minutos que parecieron años porque ya todo amenazaba eterno. La figura alta, siempre con las manos ocultas, sopesaba la decrepitud del viejo. El viejo buscaba algún brillo delator en el otro o quién sabe qué.
De pronto, y a pesar de su mala ubicación, el viejo advirtió el movimiento. Fue un meneo cansino, leve, como el de un suspiro; y enseguida como un susurro, intuido antes que audible.
Desde entonces el viejo ya no apartaría más la vista del mármol. Un mármol devenido en pésimo espejo pero ¿qué se podía hacer?, era lo único que había. Sospechaba el propósito del otro. Bastaría simplemente con cerrar la única puerta del recinto.
El viejo dedujo, aun de espaldas, la sonrisa amplia, repulsiva, de la figura de apariencia más joven. Los minutos pasaban y el viejo seguía sin atreverse a dar la media vuelta. Pero era consciente de que si se abandonaba al curso de las cosas, pronto no habría salida para ningún mortal. La bóveda quedaría aislada del cementerio y del mundo en cuanto la figura extraña ejecutara su intento. Y sin embargo, no obstante percibirlo, el viejo no podía reaccionar, estaba exánime, sin posibilidad de nada concreto.
De pronto, el mármol cambió sus claroscuros.
–No haga eso, por favor. Después no le será posible abrirla de nuevo –alcanzó a suplicar el viejo.
Las bisagras chirriaron. La figura alta soltó la esperada carcajada y con un empujón remató el temido cierre. El sonido seco de la madera contra el marco no dejó ninguna duda. La bruma por un momento pareció disiparse, pero enseguida retornó inequívoca por las hendijas de arriba.
–Ahora no podrá salir –dijo el viejo con un hilo de voz mientras se daba vuelta consternado.
El otro se acercó y extendió la mano izquierda contra la pared, bloqueando el paso. El viejo no intentaría apartarlo. La figura al fin habló:
–De ninguna manera, abuelo, mire como salgo de aquí.
Y, entre burlas y risitas, introdujo su pálido cuerpo (o lo que fuere) en la gruesa pared lateral, dejando al viejo con los ataúdes, los mármoles y la penumbra brumosa.
Una vez solo, el viejo recordó que jamás nadie, de noche ni de día, se animaba a caminar esos senderos remotos. Estaba aislado, con la puerta cerrada, y a eso se reducía todo.
Al rato, el viejo hizo un gesto de impotencia con los hombros y se dijo:
–En fin, ¿cómo saberlo de antemano? Yo sólo quise ser amable; se lo decía por su bien, no por otra cosa.
Después se caló el sombrero y, emulando a la figura ya ausente, atravesó la misma pared de idéntica manera.


Este cuento obtuvo el Primer Premio en el IV Concurso Nacional de Narrativa y Poesía de Poetas del Encuentro. San Andrés, provincia de Buenos Aires, Argentina, 19 de abril de 2008.


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Autor desconocido

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