domingo, 5 de julio de 2009

Liliana Marengo

-Bernal, provincia de Buenos Aires, Argentina-

Llevo


Llevo incontables nacimientos, innumerables muertes
De ahí mi pérdida en el tiempo.
Todo mi ser es un niño y de repente todo mi ser es un viejo.
No me mires las marcas de fatigas
El torso ya inclinado, los ojos cenicientos.
No te confundas
Las marcas de las muertes han ido produciendo derrumbes.
Se me caen los brazos
Los muslos
Los senos.
Mi cabello va entrando lentamente
En la maraña de batallas perdidas
Y ha renunciado a su color.
Mira, eso sí
La vida que gira como loca, mi alegría de sentir
El desborde de mis manos acariciando tu cuerpo
El derroche de mi corazón precipitado
La inconciencia de rodearte la cintura y caminar por la calle
Así, como una adolescente atropellada
Sin mirar mientras nos miran, sin oír, solo oyéndote.
Mira la algarabía de todas mis palabras que salen desde adentro
Sin dobleces, sin vueltas, a plena luz del día
Poniendo lo que siento sin pensar
Por una vez, no pensar.
No pensar.
Voy a tratar de convencerme que no tengo edad
Que nací ayer, que nací hoy, que naceré.
Voy a tratar de convencerme que soy atemporal
Que soy una inmortal
Para amar
Sí, tal vez tan solo para eso, para amar.


El hueco de tu mano

Elegí el hueco de tu mano para guardar los días que pasamos juntos.
El hueco de tu mano cálido, para la noche, la luna y el abrazo.
El hueco de tu mano puro, para el amor la vida, el fruto.
El hueco de tu mano profundo, el silencioso hueco de tu mano
Modelador de sueños y universos transparentes, mágicos
A donde llegan y se quedan ancladas mis manos
En el tranquilo hueco de tu mano
En donde anido y crezco sin temores, sin miedo a los naufragios.


Estar solo

Estar solo es morirse de a ratos
Uno siente el deseo de bajar la cabeza y de desplomarse
De dejarse por unos instantes y no luchar
De abandonarse por el abismo.
Estar solo es salir a caminar sin uno mismo y no poderse hablar
Es no entrar en el juego y en la fantasía de imaginarnos junto a otro.
Es llegar a nuestra casa y no tener a nadie.
Es citar a nuestros personajes y que no aparezcan.
Es poner una música y no escucharla
Es el timbre del teléfono que no suena ni por un llamado equivocado.
Es nuestra puerta silenciosa a la que nadie golpea
Es esa cama por la que nos evadimos
Esa lámpara encendida siempre por nuestras manos
Esa tortura del domingo eterno.

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Nacido con un temperamento ardiente y vivaz, afecto a las diversiones sociales, me vi obligado a aislarme, a vivir en la soledad, tratando de olvidarme de todo esto.
Ludwig van Beethoven

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Analía Pascaner