martes, 24 de marzo de 2009

Emilio Núñez Ferreiro

-San Antonio de Padua, provincia de Buenos Aires (Argentina)-

Regando metáforas

Estoy regando. Hace más de dos meses que el servicio meteorológico, cada tanto, anuncia lluvia; pero parece que la naturaleza se ha empeñado en hacer oídos sordos a esos pronósticos. Entonces harto ya de contemplar la tierra agrietada, las plantas pidiendo clemencia y el pasto más amarillo que un chino con tiricia, decido agarrar la manguera y suplir en parte lo que la lluvia se niega.
Planta por planta, no es tan difícil; creo saber la cantidad de agua que cada una necesita para sobrevivir hasta que, en el caso que no caiga ni una gota del cielo, yo tenga, de nuevo, tiempo y ganas para volver a hacer lo mismo.
Desde la base del pino, la sequedad ha logrado que la tierra, desde las grietas que se abrieron, clame por un poco de agua. Decido ensopar esas hendiduras a baldazos que extraigo de la piscina. Mientras eso ocurre, la manguera empapa el potus.
Es increíble el idioma mudo del follaje, en vez de ponerse rojo de ira como hacemos los humanos, la fronda se amarillea. Y es esa la denuncia que hace para que yo esté ahora, sentado en una silla de plástico, regando todo lo mejor que puedo.
Y digo que lo hago sentado, pues estar parado tres horas como un tarado con la manguera en la mano, implica que además de aburrirme, el dolor de cintura que me aqueja se convierte en intolerable. Y luego, para paliar las consecuencias, sin duda tendré que tomar un medicamento que, como la mayoría, a uno lo mejora de lo que sufre, pero le perjudica otro órgano que supuestamente funcionaba bien. En definitiva: así sentado, más que un tipo regando, debo parecer un espectador pensativo que olvidó dejar la manguera en su lugar.
Lo que me resulta insoportablemente tedioso (aunque reconozco que es necesario), es regar el pasto. Incluso, mientras lo mojo, me digo: “Pensar que te estoy haciendo crecer para luego tenerte que cortar”. Pero como descargo, tengo que aclarar que trescientos metros cuadrados que tiene mi parque no son pocos. Y lo que más aburrido me resulta, es que tengo que concentrarme cómo ir regando todo eso prolijamente, sin obviar ningún espacio, para así, ilusionarme en que, gracias a mi experiencia regadora, esa pastura que se ve tan amarilla y en sitios rala, a partir de unos días comience a notarse, comience a mostrarse, poco a poco, en distintas tonalidades verdosas.
De pronto, se me ocurre imaginarme que todo ese césped es una página en blanco, sobre la cual debo escribir una historia que no sé cómo empezar y mucho menos acabar. Y ya, el chorro que expulsa la manguera en ese momento, es el compendio de letras que conforman las palabras que, de a poco, se convierten en la primera frase que la lapicera de goma que pende de mi mano ya está escribiendo.
Y brota, brota la historia. Emerge como el agua clara y fresca que ahora acerco a la sequedad de mi boca, o quizás a la ansiedad que me agobia por seguir escribiendo este texto en ese imaginativo folio. En esa amarillenta página, llena de sed de verbos, de sintaxis, pronombres y metáforas. Y no puedo parar; las ideas me fluyen como el abecedario que brota del extremo de la manguera.
Me sobreviene el temor de quedarme sin agua. Entonces abandono por un momento la lapicera, o la manguera (a estas alturas ya no sé el elemento que dejo sobre el pasto), y corro a encender el compresor; no sea cosa que me quede sin tinta, justo ahora que vengo con vientos literarios soplando de cola.
Ya el sol se acaba de suicidar en el horizonte y en el fondo del parque, el sensor que tiene la farola ha encendido la lámpara; mas no me importa no ver los renglones que hasta hace un rato imaginaba.
Ahora, como ya me queda poco, voy ideando el final que este relato merece. Remate que tal vez no es el ideal para este texto…
… Aunque en este instante, se me acaba de ocurrir una metáfora que redondea un poco este cuento. Historia reciente como el crepúsculo de esta tarde; con la frescura del rocío que cae sobre la humedad de las recientes metáforas.

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Denme veneno para morir o sueños para vivir.
Gunnar Ekelöf

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3 comentarios:

  1. Julio R. Hernández24 de marzo de 2009, 22:04

    Muy bueno Emilio, me gustó mucho y gracias Analía por permitirnos llegar a disfrutar con la lectura de Emilio.
    Julio R. Hernández

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  2. HAY EMILIO CON LOS AÑOS QUE HACEN QUE TE CONOSCO Y TODO LO QUE HAS ESCRITO TAN LINDO LO UNICO QUE TENGO PARA DESIRTE ES QUE DIOS TE SIGA DANDO ESA LUZ Y TIEMPO PARA SEGUIR ESCRIBIENDO Y TAMBIEN PARA SEGUIR REGANDO EL PASTO TUS HERMANOS DE LA PAMPA

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  3. Julio y hermanos de la pampa: muchas gracias por sus palabras, para mí es un placer publicar los buenos textos de Emilio.
    Un saludo cordial
    Analía

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Muchas gracias por pasar por aquí.
Deseo hayas disfrutado de los textos seleccionados en esta revista literaria digital.
Saludos cordiales
Analía Pascaner