miércoles, 5 de diciembre de 2007

Emilio Núñez Ferreiro

Átame

Todas las noches fueron un poco mi muerte. Siempre sentí eso, aún de muy pibe; de la época en que mi padre me obligaba a apagar todas las luces. Y desde que estoy aquí, esa sensación, hasta que llegó ella, me fue creciendo noche tras noche como los tentáculos de un enorme pulpo.
Antes que ella llegara yo me resistía a que me ataran a la cama. Más de una vez tuvieron que venir de a tres para lograrlo. Pero ahora comprendo que es mejor así; pues aunque los fantasmas siguen torturando mis sueños, al estar atado, tengo la certeza que no van a poder llevarme, porque los grandísimos canallas no tienen manos. Ella me lo dijo, y tiene razón. Además, dejándome atar por ella noto el contacto de su piel, y en esos momentos, siento algo parecido a lo que debe ser la felicidad.
Como dije: Al principio, cuando me trajeron aquí, el pánico que le tenía a la noche fue creciendo hasta hacerme caer en el más profundo de los abismos. Ya no me importaban ni los jeans de marca ni el último C.D. de “Los Redondos”. Lo único que extrañaba era fumarme un porro de vez en cuando. Pero igual seguía viendo a esos espectros horribles, que me acosaban y se reían de mi miedo. Mas, desde que ella (Gabriela se llama), me enciende el velador, descubrí que los que no me dejaban dormir, tienen más temor por la luz que yo por la oscuridad. O sea que lo mío no es tan grave. Todo es según el enfoque que se le quiera dar.
Yo, eso se lo dije a Sandoval: “Usted, doctor, me tiene aquí por mi miedo a la noche, pero si tuviera los huevos bien puestos, encerraría a los que le tienen miedo al día; pero claro, una cosa es agarrársela con un muchacho tierno como yo; y otra, a los que llegan en patota”. Él, cuando le digo eso, me mira y no dice nada, pero yo sé que por dentro me da la razón. Se hace, pero no es ningún gil.
Aunque volviendo a Gabriela: el otro día ya estaba oscuro, y cuando llegó, como estaba acurrucado y todo meado en el rincón de siempre, me retó, no sólo por eso sino porque no había encendido el velador. Yo no le dije nada. ¿Qué le iba a decir? Si hiciera eso, en una de ésas, ella no se preocupa más en llegar en cuanto oscurece. Yo necesito que siga viniendo, pero no quiero presionarla; deseo que venga “de onda”, por propia decisión.
Cuando Gabriela aparece es una fiesta. Enciende la luz, me habla con la ternura que nadie me habló, luego sugiere que me acueste y al fin logra atarme. Yo vi la película esa: “Átame”, y siempre tengo la esperanza que ella me haga lo que el flaco aquel le hizo a la minita aquella. Yo sé que “Gaby” está metida conmigo. Se lo noto cuando me ata, cuando logra que tome la pastilla, la forma en que acaricia mis cabellos cuando se me da por llorar…
...Además, descubrí en ella lo que siempre busqué en todas las mujeres (incluso en mi mamá). ¡No! No voy a decir qué es. Esas son cosas privadas. Pero cuando ella llega, siento… siento como campanitas festejando el hecho.
Yo le dije que la re-amo. Y ella siempre responde que también. Pero dijo que tiene un problema: Me confesó que ella, con luz no puede dormir. Entonces, hasta que a mí no se me vaya esto que me atormenta, nuestra relación no va a poder ser.
Yo le sigo la corriente. ¡Pobre, es tan buena! Pero para mí, que me dice eso para conformarme; que en realidad, su problema es el marido, que es muy viejo y parece que está enfermo. Además, a ella le encantan los chicos. Me di cuenta porque no habla de otra cosa que de los nietos. Y yo, por ahora, no estoy en condiciones de darle ningún chico; sería una locura.
Y bueno; está visto que, el que más y el que menos, todos tenemos nuestros problemas. “Nudos psicológicos sin resolver”: como dice el doctor Sandoval.
Por ahora, lo fundamental, es lograr que “Gaby” deje las inhibiciones de lado, y que cuando me ate, se anime y trate de ser feliz conmigo. Pero eso no es ningún drama, yo sé que ya va a llegar; todo es cuestión de tiempo.
De lo que estoy seguro, es que, mientras Gabriela me siga atendiendo así, yo, de acá, no me voy ni loco.

Emilio Núñez Ferreiro - San Antonio de Padua, provincia de Buenos Aires

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Sin fantasía es mucho el dolor.
Macedonio Fernández (Extraído del boletín Basta ya)


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1 comentario:

  1. Emilio me sorprendes, tus cuentos tienen alas propias.
    Julio R. Hernández

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