miércoles, 6 de junio de 2007

Teódulo López Meléndez

Pessoa, un hombre absolutamente solo

Alberto Caeiro Da Silva nació en 15 de octubre de 1889 y murió en 1915, de tuberculosis, como el padre de Pessoa. Álvaro de Campos nació el 15 de octubre de 1890 y se graduó en la Universidad de Glasgow; muere el 30 de noviembre de 1935, al igual que Pessoa. Ricardo Reis murió en la misma fecha; había nacido en Oporto el 19 de septiembre de 1887; era médico. Alexander Search, a pesar de su nombre anglosajón, nació en Lisboa el 13 de junio de 1888; mantiene correspondencia con Pessoa desde los tiempos de Durban; escribía poesía y prosa en inglés. Bernardo Soares vive, como Pessoa, en una modesta pensión de Lisboa donde pasa toda su oscura vida; Fernando lo conoce en una trattoria donde Soares le habla de su vida de escritor y le hace conocer el maravilloso y sorprendente Livro do Desassosego. Antonio Mora, filósofo, autor de Regresso dos deuses; Pessoa lo conoce en un manicomio de Cascais, pequeña ciudad de mar en las cercanías de Lisboa. Charles Robert Anon, escribía poemas y cartas en inglés. A.A.Crosse, participaba en los concursos del “Times”; no ganó el gran premio que necesitaba para regalarle el dinero a Pessoa y éste pudiese comprar los muebles y casarse. Thomas Crosse, tenía como intención traducir al inglés los poetas portugueses sensacionistas. Jean Seul de Mérulet, nació en 1885, escribía en francés. Abilio Cuaresma, amigo íntimo de Pessoa. Vicente Guedes, Federico Reis, Charles Search, Barão de Teive, C.Pacheco, Pero Botelho, Pantaleão, Carlos Otto, Caesar Seek, Dr. Nabos, Ferdinand Summan, Jacob Satan, Erasmus, Dare, una legión, en suma, la legión de Pessoa.

La primera afirmación que se debe hacer es que, en el fondo, Pessoa queda uno dentro de este casi infinito desdoblamiento. Partiendo de aquí debemos señalar que todo se origina en un “sentimento de estranheza”, de un rechazo a aceptar el mundo como sus percepciones lo captan. El enigma de existir, “uma coisa que está para além dos deuses, de Deus, do Destino” (frase de Álvaro de Campos). En “Cartas a Armando Cortes-Rodrigues”, Pessoa habla de sus heterónimos como “desdoblamientos de personalidades o invenciones de personalidades diferentes”, para después agregar “…construí dentro de mí varios personajes distintos entre sí y de mí, personajes a los que atribuí varios poemas que no son, como yo, en mis sentimientos e ideas, los escribiría”. Otra cita de esa correspondencia con el amigo es reveladora, pues describe el fenómeno como sentir en la persona de otro, aclarando que la sinceridad continúa a existir, como es sincero el Rey Lear que no es Shakespeare sino una creación suya. Es relevante como Pessoa ve sus heterónimos como personajes teatrales, como ficciones que se representan. En verdad, Pessoa transformará en personajes los estados de alma. Pessoa cambiaba de opinión con inusitada frecuencia, lo que explica, entre otras cosas, que jamás terminara o publicara en vida sus opiniones políticas; pues bien, el cambio se produce por igual en sus concepciones estéticas, lo que permite entender como los heterónimos sostienen posiciones contrapuestas y polemizan entre sí. En Pessoa existía una profunda inseguridad que lo llevaba a interrogarse constantemente sobre su propia personalidad y a concluir, en cuanto al arte se refiere, con profundas dudas sobre si una posición estética era o no verdadera. La vía para cubrir esta inseguridad era no tener una sino varias.

Algunos aseguran que la falta de raíces de nuestro poeta se debe al temprano viaje a África del Sur y al bilingüismo, tesis que podría encontrar confirmación en algunos de sus escritos. Podría también recordarse al Dios-Artista de Nietzsche que se desembaraza, fabricando mundos, de su plenitud. Prado Coelho insiste en que el proceso psicológico de los heterónimos nace porque Pessoa descubre un día, como sedativo o diversión, “la posibilidad de fingir”, es decir, vivir apenas por la inteligencia, una actitud de vida diametralmente opuesta a la que él personalmente encarnaba.

Por lo demás, influencias también tuvieron los heterónimos; cada uno presenta las huellas de las lecturas y de las diversas corrientes estéticas de la época. En Caeiro, por ejemplo, Prado Coelho descubre al portugués Cesário Verde, a Whitman y un poema de Alice Meynell con el que el famoso “O guardador de rebanhos” tendría notables afinidades. Hay que recordar que el desdoblamiento en literatura no nace con Pessoa, pues tiene antecedentes ilustres, sólo que nuestro poeta lo lleva a los límites, a los extremos. Antonio Tabucchi, un insigne estudioso de Pessoa (al parecer todo escritor que vive en Portugal es atrapado por él) señala que “l´operazione di Pessoa consiste nel tradurre in un fatto cosí clamoroso e per certi aspetti persino istrionesco como quello della creazione eteronimica, l´elemento piú rivoluzionario del Novecento: la Coscienza”, es decir, entra en la literatura el gran narrador de nuestra época: el Yo. La heteronimia, es evidente, es una disociación de la personalidad, es el hombre múltiple y también el de la “patología de la soledad”. Pessoa, el hombre absolutamente solo, se convierte en un sistema autosuficiente.

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El mayor infortunio del hombre de letras no es quizás el hecho de ser víctima de las intrigas y la envidia de sus colegas y el verse despreciado por los hombres poderosos, sino el verse juzgado por los necios.
Voltaire



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