miércoles, 6 de junio de 2007

Ana María Mopty de Kiorcheff

Clasificados

Gratificaré devolución de palabras perdidas a la vuelta de la esquina. Llevaban trote de perro vagabundo y ojos de pájaros sin nido. Me he quedado sin colores y no puedo iluminar mis sueños. Sólo ando solo vivo.


Todas las noches

Debió convencer primero al visir del rey, su padre; luego a la hermana para que juntas superaran tamaño desafío. Cosa distinta sería organizar mil palabras en más de mil noches. Preparada para la vida o la muerte, se arregló el pelo y la túnica; ensayó sus gestos y las manos, libre de anillos inauguraría historias como sólo ella, Sherezade, lo hacía.


Todos los días son jueves

Entre la pared norte y la pared sur se nos ha instalado una lágrima. Se agranda en un espacio donde temo caer ahogando todo recuerdo grato o esperanza. Si sucumbo ante los golpes de sus aguas, no contestarás a mis llamados. Te quedarás ahí ensimismado, apoyándote en el respaldo de la cama. Será jueves y me iré sin que me pienses, vencida, dominada, conducida por el caudal de sus aguas, absolutamente náufraga.


Ingenuidad

Un hombre, perdido en el cinto de su ropa, se alarma. Piensa cómo pudo perderse su persona. Reconsidera. Medita. Reproduce momentos. Se propone cambiar de ropa. Imposible. Tiene encintada el alma.


La montaña

No he podido peinarme al despertar. Las ideas se cruzaban indomables, rechazando el esfuerzo del cepillo. Fue inútil humedecer, colocar cremas, acomodar con los dedos tantas puntas erizadas. Luego he salido por calles aplanadas, disimulando el desorden de mi alma que galopaba buscando la montaña.


Desocupado

Arrellanado frente a la ventana, el viejo recuerda el tren que antes pasaba por la estación desierta. Casi no han quedado vías y las hierbas crecidas las cubren con salvaje verde. El nieto de cinco años se le acerca con las manos colmadas de piedrecillas grises y se las ofrece para que jueguen, cuando en la ventana se borran también las chimeneas de los ingenios desocupados.


La mano

Menudo habitáculo el colectivo, como para envasar sardinas, dice un pasajero, como piojo en costura, acota la mujer del medio y siguen subiendo en cada esquina, como si nada. Súbita frenada y los cuerpos se inclinan sobre otros cuerpos con olor a humanidad acumulada, cuando una mano toca y un hombre y una mujer que ni una mueca en el momento que la mano busca, recorre sin que la femenina ceja ni siquiera se modifique porque son tres: hombre, mujer, mano hasta otra esquina ¡Qué frenada! Y alguien desciende tirando de su saco, recuperando bolso paraguas para que bajen mujer y mano.


Secuestro

Se busca a un hombre con lanza, casco que arremete contra grupos engañosos del gobierno o piquetes de caminos. Se recomienda cuidado a los opresores, injustos, a los que hacen trabajar en negro y no respetan los acuerdos, también a los que roban a los que reciben sueldos sin méritos ni esfuerzo. Lo describen muy delgado de cuerpo, rostro alargado, recitador de proverbios, sin embargo hace felices a sus lectores.


Textiles

Después de que las prendas vaciaron los cuerpos, se les fueron las tibiezas a las que las tenían acostumbradas. Ellos platicaron un poco, se prodigaron promesas. Se escucharon roces de caricias, sonaron sus besos, y volvieron, cada uno a su ropa, para que ellas, entibiándolos los cubrieran amorosamente con sus cuerpos, textilmente enamoradas.

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Para mí, el mayor placer de la escritura no es el tema que se trate, sino la música que hacen las palabras.
Truman Capote

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Analía Pascaner