domingo, 4 de marzo de 2007

Viviana Walczak

Augusto

El viento soplaba fuerte y sus ráfagas parecían querer arrebatarle el gorro que, con dificultad, intentaba sostener con una de sus manos porque con la otra, aferraba la cartera y el paraguas. Cruzó con rapidez la avenida y se introdujo en el edificio de oficinas donde trabajaba desde hacía tiempo. Le faltaban pocos años para jubilarse y por ese motivo, tenía sensaciones contradictorias. Sentía alivio por la calma que traería la vida ociosa pero también percibía la angustia de la cercana vejez no sólo por el deterioro físico, sino porque presentía la indiferencia con la que la rodearían sus congéneres.
Lo sabía no porque fuese inteligente o intuitiva, sino porque había experimentado el doloroso abandono que habían padecido por parte de sus semejantes, sus abuelos, sus tíos y sus padres.
Fernanda era la única hija de un matrimonio mayor y tuvo que hacer innumerables peripecias para atenderlos de la mejor manera posible. Había nacido en un hogar humilde y no contaba con los medios necesarios para obtener ayuda. Fue el único sustento moral y económico de sus progenitores hasta que el destino los separó. Sabía que pertenecía a la porción del mapa donde se vituperaba a los ancianos y que se encontraba a distancias siderales del respeto y la devoción que en el otro lado del continente, en Oriente, se profesaba desde tiempo inmemorial a los mayores. En su tierra, la mayor parte de la sociedad estaba compuesta por una mixtura de razas que habían parido a gente débil, de carácter sumiso que no sabían rebelarse contra las injusticias y que, en el fuero íntimo, rehusaban verse en el espejo de la propia finitud. Comprobando el abandono por el que transitaban los viejos trató, dentro de sus limitadas posibilidades, de ayudarlos. Recorría, incansable, geriátricos y asilos, brindándoles su compañía y su enorme caudal de afecto. Los fines de semana se divertía preparando panecillos, empanadas y tortas. Apenas llegaba, comenzaba a sacar de su cesta, como un mago de su galera, dulces, fotos y refrescantes colonias. Cada cual, esperaba con ansiedad su paquete sorpresa: José, algún libro de historia, Ana, sus revistas, Ofelia, su talco favorito… Después, se apoltronaban en el jardín de invierno y la nostalgia impregnaba el ambiente de lejanas remembranzas. Desfilaban nombres, recuerdos, fechas e historias de hijos ausentes y nietos ocupados.
Luego, Fernanda les resumía los sucesos diarios y les pedía los consejos que añoraba y que, la mayoría, le brindaban con asombrosa lucidez.
A veces, les hablaba de su infancia, de su juventud, de sus estudios truncos o de sus fugaces romances y del motivo por el cual no había podido encontrar al hombre ideal. Durante las largas tertulias, les hablaba sobre sus romances inconclusos. Les contaba cómo había conocido a Heriberto, el fugaz encuentro con el orgulloso Atilio y cómo se había alejado de Plácido, después de un extenso noviazgo, al descubrir sus infidelidades. Los gerontes escuchaban, airados, cómo se engrosaba la lista amorosa de varones narcisistas, celosos, egoístas, autoritarios, exhibicionistas y demandantes. Resignados, comprendían las razones por las cuales había abandonado su infructuosa búsqueda y porqué ellos eran el paliativo de sus horas vacías.
Fue por ese entonces que Augusto apareció en la vida de Fernanda. Al principio, lo miró con recelo pero, al poco tiempo, tuvo que admitir que había logrado conquistar su corazón. Era alegre, leal, compañero, afectuoso y vivía para demostrarle su amor. Tenía un sinfín de atributos y, además, siempre la acompañaba, atento, con su bella y profunda mirada. Era dueño de los ojos más hermosos que jamás había visto. Un perfecto círculo oscuro rodeaba las glaucas pupilas que, según el reflejo de la luz, mostraban imperceptibles destellos dorados.

Cuando salió de la oficina, se apagaba la tarde y hacía mucho frío. Aunque estaba cansada, tuvo la sensación irrefrenable de ir a visitar a sus adorados viejitos. En el trayecto, compró un chocolate para Ofelia, por quien sentía una ternura y un agradecimiento especial. La anciana le había devuelto la sonrisa y la alegría de vivir al regalarle, antes de alojarse en el geriátrico, a su encantador gato Augusto.


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Las personas no son mejores porque trabajen mucho y bien. Trabajan mucho y bien porque son mejores.
Bette Midler

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